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DECIDÍ EMPRENDER UNA NUEVA VIDA EN VEZ DE LLORAR POR MI PASADO

DECIDÍ EMPRENDER UNA NUEVA VIDA EN VEZ DE LLORAR POR MI PASADO

Marwan Fares Refugiado libio acogido por la Fundación Cepaim. «Me he quedado sorprendido por la humanidad que he encontrado en España»

«Lo más duro no es llegar a cumplir tus objetivos en la vida, sino volver a levantarte después de haberlo tenido todo y haberlo perdido», explica Marwan Fares (Beni Walid, 1974). Este refugiado libio se encuentra desde el pasado verano en el programa de protección internacional para solicitantes de asilo y refugio de Cepaim, la Fundación de Acción Integral con Migrantes, que cuenta con el respaldo de la Fundación Cajamurcia. Cepaim le proporciona alimento y un techo para cobijarse él y sus dos hijos, un niño y una niña de 7 y 9 años, respectivamente, en los alojamientos temporales de los que dispone la fundación en Torre Pacheco. Nadie podría imaginar, viendo a este hombre de rostro afable, los horrores que ha vivido desde que, en 2011, se desencadenara la guerra civil en su país. Pese a todo, sonríe y no culpa a nadie de su sufrimiento. Se despierta feliz sabiendo que, cada día, se encuentra un poco más cerca de alcanzar sus sueños.

-¿Qué hacía antes de la Guerra Civil en Libia?

-Era ingeniero informático en Trípoli. Vivía feliz con mi esposa y mis dos hijos. Teníamos una casa, tres coches, un terreno para construir, dinero en el banco y viajaba por todo el mundo. Por mi trabajo, desarrollaba proyectos con países europeos como Gran Bretaña, Suiza, España… y también con Estados Unidos.

-¿En qué momento su vida comienza a truncarse?

-Yo había ido a hacer un curso a la India. A mi regreso, en febrero de 2011, estalló la guerra en Libia. Enseguida me di cuenta de la gravedad de la situación y quise poner a salvo a mi familia. Los llevé a Túnez. Regresé a buscar a mis padres. Como, por su edad, no podían viajar, los trasladé hasta Beni Walid, nuestra ciudad natal. De nuevo en Túnez, a donde había ido a reencontrarme con mi familia, descubro que ya no estaban allí. Habían vuelto a Libia. Fui a buscar a mis hijos y entonces me apresaron las tropas rebeldes.

-¿Qué ocurrió entonces?

-Al principio querían que trabajase para ellos, pretendían utilizar mis conocimientos como ingeniero informático. Cuando se dieron cuenta de que no estaba dispuesto a colaborar, me encarcelaron y me torturaron. Nunca imaginé que el ser humano fuera capaz de tanto horror. La crueldad era tan extrema que la gente pedía que les matasen, pero que no les hicieran sufrir más. No tenían compasión ni por las mujeres, ni por los niños. Había chicos de 13 o 14 años encerrados por las ideas políticas de sus padres. En medio de tanto sufrimiento, encontré gente buena. A mí me encerraron con dos amigos y uno de ellos dio su vida para salvarme. Gracias a él estoy hoy aquí.

-¿Cómo logró escapar?

-Realmente, nunca lo llegué a saber. Simplemente ocurrió. Supongo que sería enfrentamiento entre milicias y, al final, estaba libre. Entonces solo pensé en poner a mis hijos y a mi mujer a salvo. Nos costó llegar a la frontera y, cuando estábamos allí, mi mujer decidió dar la vuelta y regresar. Fue el momento más dramático que he vivido, porque tuve que optar entre salvar a mis hijos o quedarme al lado de mi mujer y mis padres. Mis hijos lloraban porque no querían separarse de su madre. Fue durísimo, pero al final decidí huir con los niños. Pasamos mucho tiempo andando, durmiendo a la intemperie, hasta que logramos llegar a Marruecos y, desde allí, pudimos entrar en España.

-¿Y qué se encontró al llegar aquí?

-Un trato mucho más humano. En Marruecos hay una mafia increíble con los refugiados. Lo único que les interesa es tu dinero. Cualquiera puede conseguir pasaportes falsos, incluso te preguntan qué nombre te gustaría tener. Yo me he quedado sorprendido por la humanidad que he encontrado en España. En 2014 solicité el asilo político y conseguí la condición de refugiado. Después de recorrer Madrid, Barcelona, Granada y Málaga, decidí venir a Murcia, ciudad que conocía a través de su universidad.

-¿Hablaba ya español antes de llegar aquí?

-No, ni mis hijos ni yo lo hablábamos. Me propuse aprenderlo porque estaba decidido a iniciar una vida aquí. Tenía claro que no iba a llorar por mi suerte, tenía que olvidar mi pasado. Rendirse no sirve de nada. Como no podía pagar clases de español, puse un anuncio en que decía «Ven a hablar conmigo en español y te invito a un café» y la gente empezó a llamarme y a quedar conmigo para hablar. Luego quise sacarme el carné de conducir. Estuve mes y medio estudiando doce horas seguidas al día sin entender una palabra de lo que ponía en el manual. Memoricé todo, cada frase, contando las palabras y las relacionaba con las fotos, suplicando que no las cambiasen en el examen. Así conseguí aprobar el teórico a la primera.

-¿Cómo ha logrado sobrevivir en España?

-Lo que me ha mantenido a flote es creer en mí mismo. Saber que al final lo voy a conseguir. Nunca hay que dejar que otros decidan qué puedes hacer y qué no. Yo he hecho muchas cosas para sobrevivir, desde vender por internet artículos que compraba de segunda mano hasta llevar a gente en un coche con un servicio tipo ‘bla bla car’, con la diferencia de que yo no iba a ninguna parte. Solo les transportaba. Desde que estoy en España he tenido buena relación con mis vecinos. Me han ayudado y, para mis hijos, son su nueva familia. En sus casas juegan y hasta duermen en ellas, como ahora durante las fiestas navideñas.

-¿Qué significó para usted el encuentro con Cepaim?

-La posibilidad de volver a tener una vida normal sin tener que preocuparme por reunir cada día diez euros para dar a mis hijos algo de comer. Para mí su apoyo ha sido fundamental porque las personas que forman el equipo de Cepaim nos hacen sentir que vivimos en familia y no en una casa de acogida. Con la ventaja de tener una habitación donde dormir y alimento asegurado. Por fin he podido dedicarme a hacer mi vida. He comenzado el doctorado de Inteligencia Artificial en la Universidad de Alicante y mi hijo ha empezado a entrenar en el equipo de fútbol de Torre Pacheco. Aún no dispongo de dinero para poder pagarlo, pero ofrezco a cambio mis conocimientos de informática y de inglés para ayudar a otras personas. Yo no quiero que me regalen nada, quiero pagar con mi trabajo. Creo que debemos devolver a los demás todo lo que nos es dado. Por eso, reservo siempre una parte de lo que gano a ayudar a otras personas que lo necesitan. Hace poco me enteré de que un joven necesitaba vender un libro que había publicado y hablé con mi hija para que dedicara su beca a ayudar a este chico. Entre ella y yo compramos el libro y creo que logramos que se sintiera muy feliz.

-Después de todo lo que ha pasado, ¿continúa teniendo sueños o ha decidido vivir día a día sin preocuparse por el futuro?

-Por supuesto que tengo sueños. Yo me planteo mi futuro en España. Quiero terminar mi doctorado y abrir mi propia empresa de informática. Si tengo que irme a otro país, lo haré. Donde nunca volveré es a Libia.